Alimentos que modifican el PH de nuestro cuerpo: cuál es la base de la dieta alcalina para perder peso

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La dieta alcalina está catalogada como una pseudociencia. Efectivamente, no existe ningún tipo de evidencia científica que avale su validez. Eso no quiere decir que no tenga una base científica. Una base científica tergiversada, claro está.

Para entender por qué esta «dieta» no tiene ni pies ni cabeza, y sus premisas son falaces, malentendidas o directamente inventadas, es importante entender algunos conceptos científicos básicos. Hoy hablamos de la dieta alcalina y qué eficacia puede tener el la pérdida de peso.

¿De dónde sale la dieta alcalina?

El papel del pH, el parámetro que mide la acidez o alcalinidad de un líquido, en nuestra salud no es nuevo. Lleva estudiándose muchas décadas. Especialmente relevante ha sido siempre en relación con nuestros riñones y el sistema excretor. A mediados del siglo XIX, el biólogo francés Claude Bernard descubrió que el cambio de la dieta de los conejos de una herbívora (principalmente vegetal) a una carnívora (principalmente carne) cambiaba el pH de la orina, de más alcalino a más ácido.

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A partir de este punto, miles de fisiólogos se han preocupado del efecto de este parámetro en nuestro sistema excretor. Especialmente con respecto a la aparición de los cálculos renales y sus infecciones. Sin duda alguna, conceptos relacionados entre sí. Desde este punto, con el uso cada vez más extendido del calorímetro, comenzó a acuñarse una nueva hipótesis: la de la ceniza dietética.

Esta propone que los alimentos, al metabolizarse, dejan una «ceniza ácida» o «ceniza alcalina» similar en el cuerpo a los restos oxidados en la combustión del calorímetro. Si damos esto por verdad, entonces los alimentos se terminan descomponiendo en alcalinos o ácidos. De ahí, pasamos al siguiente paso: que dichos alimentos son capaces de modificar el pH de nuestro cuerpo, desde la sangre a la orina. Bajo ese fundamento, los efectos en el cuerpo, por ejemplo en la adquisición ósea, serían notables.

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Más adelante, esta hipótesis creció hasta adquirir varias vertientes en las que se presupone un hecho constante: los alimentos ácidos acidifican el cuerpo, y la sangre, al igual que la orina, y esto provoca un desajuste fisiológico que promueve la enfermedad: infecciones, enfermedades infecciosas, cáncer, osteoporosis… Pero todo esto no son más que suposiciones sin fundamento.

El pH de la sangre es…

Existe un complejísimo sistema de homeostasis ácido-base dedicado exclusivamente a controlar que las variaciones de pH en la sangre, y en nuestro cuerpo, no son demasiado grandes. En concreto, los rangos de pH de nuestra sangre están entre 7.32 y 7,42. Es prácticamente neutra. Esto es importante porque de este rango depende la captación y liberación de oxígeno (cuyo mecanismo es terriblemente delicado), entre otras muchas cosas.

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En el líquido intersticial, alrededor de las células, también existe un equilibrio estricto. Si la acidez aumenta se puede producir una acidemia que termine en acidosis o una alcalemia que termine en alcalosis, ambas con terribles consecuencias (destrucción de tejido, desnaturalización de las proteínas, pérdida de nutrientes, imposibilidad de intercambio metabólico, fallos en los equilibrios enzimáticos…). Por ello, nuestro cuerpo tiene hasta tres líneas de defensa contra estos cambios de pH.

El primero es un sistema tamponador que emplea sales, contenidas en la célula y la sangre, para mitigar los cambios. El segundo es la propia respiración, la cual comienza a expulsar más dióxido de carbono si la sangre se acidifica, ya que esto cambia el equilibrio de sales carbónicas en sangre. La tercera línea de defensa son los propios riñones, los cuales se encargan de excretar metabolitos (esencialmente urea) para cambiar el equilibrio de pH.

Si todos estos sistemas fallan en mantener en equilibrio el pH de la sangre y el líquido intersticial, tenemos un problema grave. Sin embargo, lo que sí que puede cambiar, y rápidamente, es el pH de la orina, precisamente debido a estos sistemas de defensa, que eliminan los excesos de sales que cambian el equilibrio del pH.​

Llegó la pseudociencia, ¡y consiguió perder peso!

A pesar de que este efecto es, precisamente, una manifestación de que el pH no cambia fácilmente en nuestro cuerpo, para nuestra suerte, eso no ha evitado que hayan defensores de una dieta que sea capaz de cambiarlo, contra toda evidencia científica. En los últimos estadios de esta pseudociencia (pues no puede titularse de otra manera, al no existir ningún aval científico que la corrobore) entre sus beneficios ha aparecido el control del peso.

Y curiosamente, ha llegado a funcionar. ¿¡Cómo!? Sí, hay quien ha obtenido resultados positivos en la pérdida de peso pero por una cuestión muy sencilla: la dieta alcalina fomenta un mayor consumo de vegetales y una moderación en el consumo de carnes y lácteos. La restricción calórica y el aumento de consumo de agua y fibras, sabemos con seguridad, puede ayudar al control del peso. Sin embargo, los defensores de esta dieta afirman que es porque «se activa el metabolismo».

De nuevo, nos encontramos ante una falacia. La única manera de activar el metabolismo consiste en hacer ejercicio y aumentar la masa muscular. El pH de lo que comemos no tiene ningún tipo de efecto en este hecho, lo que no ha impedido que nos vendan cientos de ideas, y hasta productos, sobre las bondades de la dieta alcalina.

Pero no. Si existen resultados, que pueden haberlos, no se deben a las premisas erróneas y mal entendidas de los cambios de pH en el cuerpo, sino al cambio en los hábitos alimenticios relacionados con las frutas y las verduras. Por mucho que nos empeñemos, los cambios de pH en nuestro cuerpo son más complicados de conseguir de lo que parece y gracias es que seguimos vivos

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